21- Enero-2009
No sufro como las demás personas, tal vez incluso desde otro punto de vista no sufro en lo absoluto.
Mi pena se reduce a escenas tristes en mi cabeza y a un pequeño llanto de vez en cuando; tal vez ese sea el motivo del porqué el destino no me permite dormir sola en la habitación, porque no quiere averiguar lo que pasaría con un poco más de privacidad.
Probablemente no pasaría de llorar un poco más seguido o por más tiempo. Lo bueno de todo es que “llorar” para mí se ha reducido, con el paso de los años y de la experiencia, en un llanto silencioso donde las lágrimas salen de mis ojos nublando mi vista durante un segundo para perderse en el tiempo y el espacio tras haber resbalado por mis mejillas. Sin quejidos o gemidos, sin gritos acallados u otro sonido característico.
Con la simple pena que me embarga
He aprendido a llorar hacia adentro; maniobra resultante de los intentos porque nadie se enterara; llorar con los adentros, con el corazón intentando salir del pecho a trompicones, con la mandíbula apretada para mantener los sonidos dentro y con las lágrimas explorando el exterior únicas acreedoras de tal honor.
Lloro no solo para parecer más interesante sino porque los únicos momentos en que me permito no pensar en los demás son esos, en mi opinión no hay nada peor que ver a alguien sufrir por tu propio sufrimiento; una ironía de la vida.
Así como hay personas muy fuertes también las hay como yo que si tuvieran la oportunidad, el tiempo y la privacidad se secarían por dentro dejando salir todo con el llanto.
Me duele pensar que algún día tarde o temprano sin remedio alguno yo también voy a terminar por secarme. Me imagino como una pequeña pasa sin vida anhelante de las cosas que hubieran podido ser y de las que nunca fueron.
Me da vergüenza, tanta incluso que a veces me parece una reverenda tontería, vergüenza por el motivo de algunas de mis tristezas o motivos para llorar.
No se trata de ninguna manera por algún desamor épico o por la soledad de un rechazo, ni siquiera por alguna enfermedad o ……..
Aunque si lo pienso mejor es como una enfermedad, se siente como una enfermedad. Un virus que se adhiere a tus cosas buenas y te carcome con velocidad, te debilita y nubla tu juicio, te hace perder la conciencia y te lleva a una fiebre tan alta que comienzas a delirar sin remedio. Mi fiebre nunca ha subido tanto… Mi reino por un delirio, por una fracción de irrealidad; mi reino por una fantasía.